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Dicen que el equinoccio de setiembre, que en estas latitudes corresponde al otoño, es un momento clave para nosotros. Y no es para menos. Todo en la Naturaleza, - los árboles que van perdiendo sus hojas y anuncian el invierno, la disminución de la luz solar, y la transición hacia el frío- a lo que se añade el fin de las vacaciones y « la vuelta al cole », nos habla de pérdida, y de la necesidad de hacer un duelo…

Nos habla también de la impermanencia y de la transitoriedad de todas las cosas. Y esta es una lección importantísima que nos conviene aprender más temprano que tarde: nos guste o no, nada dura, todo cambia, muere, se transforma, renace. El otoño nos invita a acompañar estos cambios en lugar de resistirnos, consciente o

 

, a ellos. Es cierto entonces que ésta es una estación clave para aprender a aceptar la transformación permanente que es la vida. Y, con una sonrisa, recordar que sólo la impermanencia es permanente…

Tal vez, como los árboles que pierden sus hojas, se trate de que logremos también nosotros desprendernos de lo viejo, de lo que ha caducado, de lo que queda atrás. En este proceso es habitual y natural que surja cierta tristeza. No luchemos contra ella. No nos juzguemos por sentir esa tristeza pues, de seguro, tiene algo para enseñarnos de nosotros mismos. Observémosla, contemplémosla oyendo lo que nos cuenta, sin identificarnos con ella, pero sí acogiéndola. Y aceptar es, paradójicamente, como decía Carl Rogers, empezar a transformarse. Sólo quedándonos a la escucha de nosotros mismos, con curiosidad y benevolencia, sabremos de qué habremos de desprendernos, y qué habremos de conservar.

El otoño nos invita entonces, también al autoconocimiento.

Si entramos en él, y en virtud de la unidad cuerpo-espíritu-mente, evitaremos o disminuiremos  los males físicos de la estación, como los resfriados. En medicina china, el otoño está relacionado con el pulmón, y éste con la tristeza. Es en esta hermosa estación donde nos encontramos más vulnerables. 

El otoño nos invita entonces, también, a practicar el autocuidado, indispensable para sentirnos en armonía con nosotros mismos y con el entorno. Puede ser así, entonces, el momento, para ocuparnos mejor de nuestra alimentación y volvernos conscientes de nuestra respiración, como lo pide la primacía del pulmón.

El vigor físico del verano empieza a disminuir y nos volvemos más « psíquicos ». En consonancia con el autoconocimiento, que evoca profundidad, los intercambios con los demás no serán superficiales, como suelen serlo en verano, sino que pondrán en primer plano, nuestros valores fundamentales. El otoño nos invita a que los intercambios con los demás sean importantes, como lo es el aire que respiramos (de nuevo el pulmón). Y es que el aire y la respiración son de por sí intercambio: entre yo, entre mi interior, por un lado y el exterior, lo que no soy yo, por otro. 

Deteniéndonos para concentrarnos en la respiración reforzamos esa comunicación profunda con el exterior a la que nos invita el otoño. Si dos o tres veces al día, interrumpimos unos segundos lo que estamos haciendo para respirar conscientemente, aumentaremos nuestra vitalidad y reforzaremos nuestro sistema inmunológico.

Sintámonos afortunados de que el invierno, el frío, la luz baja, los árboles desnudos no lleguen bruscamente. Sintámonos agradecidos de que la Naturaleza nos brinde esta transición que es el otoño, para poder irnos acostumbrando, física y psíquicamente, poco a poco, a la época invernal. 

Sintámonos afortunados de contar con cuatro estaciones en estas latitudes, porque cada ella es portadora de una enseñanza.

Sintámonos afortunados de que esta transición nos regale belleza con los maravillosos colores que van tomando las hojas a medida que el verde de la clorofila les va dejando paso.

¡Feliz otoño!

 

 

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