¿Cómo encarar éxito o fracaso?

Desde los bancos del colegio nos adiestran a valorar el éxito y a menospreciar el fracaso, de ahí que la clase se divida, esquemáticamente hablando, entre los buenos alumnos, ( gran porcentaje de éxito), los medianos (igual porcentaje de éxitos que de fracasos) y los malos (mayor porcentaje de fracasos). El lugar que hayamos ocupado en el colegio suele condicionar la imagen que tenemos de nosotros mismos de por vida, sobre todo porque este mismo pensamiento dual impera en nuestra sociedad cuya voz cantante está obsesionada con lograr ser « winner » y evitar ser « loser ».

Ahora bien, lo cierto es que cualquiera sea la tarea que emprendamos, desde cocinar hasta escribir un libro, dar a luz, seguir una dieta, gestionar un equipo de personas, tener una pareja, o coser un botón, a todos nos gusta lograr un resultado positivo, a saber « tener éxito ». Yo diría que es comprensible y legítimo, de cierto modo, pues para funcionar en el mundo, la herramienta de la que disponemos es el ego, y éste sólo conoce el pensamiento dual. El tema, como siempre, es que, en el universo exclusivo del ego, el sufrimiento está asegurado. Así es como, si sólo tenemos contacto con el ego, cuando sobrevenga un fracaso, nos derrumbaremos. Los budistas hablan de « apego » a este tipo de dependencia. « No conseguir lo que deseamos y conseguir lo que no deseamos », forman parte de las razones del sufrimiento del ser humano enunciadas por Buda.

Para limitar el sufrimiento, sin embargo, nos conviene tener en cuenta ciertas cosas. Por ejemplo, que, como nada en la vida existe sin su contrario, cuando hay éxito hay, simultáneamente, fracaso. En la práctica, esto significa que si yo tengo éxito es gracias al fracaso de otr@ o de otr@s. O sea que, desear tener éxito es, invariablemente, y a veces sin que lo sepamos, desear que otros fracasen .

Pero, al mismo tiempo, ¿Cómo no querer triunfar cuando hago algo? ¿Cómo no apuntar a conseguir un buen resultado en un emprendimiento, cualquiera sea éste?

El desapego no consiste en no desear tener éxito, puesto que el ego no conoce otro modo de funcionamiento. El desapego, en verdad, no puede venir del ego, sino del Ser. Desde éste, podemos observar con ecuanimidad éxitos y fracasos por igual, pues ambos son experimentaciones, y ambos nos sirven para crecer. Es más, desde el punto de vista del crecimiento espritual (que no es más que la Conciencia del Todo), los fracasos son más útiles que el éxito pues, si nos mantenemos abiertos, nos enseñan una vez más que el mundo no gira a nuestro alrededor, que la realidad escapa a nuestro control y que lo que ocurre es nada más ni nada menos que lo que tiene que ocurrir.

Cuando actuamos, entonces, conviene soltar toda expectativa de resultado y mantenernos alertas -observadores benevolentes- a las tentativas del ego a identificarse ya sea con al éxito (« soy genial »), ya sea con el fracaso (« soy una víctima »). Si bien el sentimiento de ser genial no nos hará sufrir en el momento, tengamos en cuenta que, si nos identificamos demasiado con la imagen de ser exitos@, cuando los vientos cambien, -y sin duda lo harán porque la vida es impermanencia- el mundo se nos vendrá abajo.

De las cinco energías que nos gobiernan, según el Budismo tibetano, la energía de la acción es la energía denominada « Karma ». No se trata entonces de no actuar para evitar así la tendencia a apegarnos al resultado, puesto que la energía Karma nos es inherente. Somos seres creativos y nos hemos encarnado para realizar acciones. Recordemos entonces que la acción adecuada es la que realizamos en conexión con el momento presente, evitando proyectarnos de manera permanente en el futuro, o sea en el resultado.

Si no me importa el resultado, entonces ¿para qué actuar? es una de las preguntas que pueden surgir.

Si bien la energía Karma nos pide que actuemos, no exige que nos apeguemos al resultado, contrariamente al ego. Como siempre, para contrarrestar los condicionamientos de éste, debemos recurrir regularmente a prácticas contemplativas. De este modo, se nos hará cada vez más claro que, en verdad, la vida es un juego, o, si preferimos, un baile o una pieza de teatro. No otra cosa dice Alan Watts, cuando afirma: « Así como no existe otro tiempo que el presente, y nada salvo el Todo Absoluto, nunca hay en realidad nada que alcanzar, aunque el aliciente del juego sea fingir que lo hay »

Mi madre -que nada sabía de Budismo, de Psicología contemplativa, ni de Mindfulness, ni de crecimiento humano…- solía decir « ya que estamos en el baile, bailemos».

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