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        Érase una vez un Príncipe, valiente, hábil e inteligente quien, por decisión de su padre, fue a ver a un Viejo Sabio para perfeccionar su aprendizaje de la Vida.

« Enséñame cómo transitar por el Sendero de la Vida », le pidió el Príncipe.

« Mis palabras se desvanecerán como las huellas de tus pasos en la arena, respondió el Sabio. Sin embargo, te daré algunas indicaciones. En tu camino, encontrarás tres puertas. Lee los preceptos escritos en cada una de ellas. Una necesidad irresistible te impulsará a seguirlos. No trates de rechazarla pues habrás de volver a vivir, indefinidamente, aquello de lo que huiste. No puedo decirte más. Vete ahora y sigue ese camino, todo recto. »

El Viejo Sabio desapareció y el Príncipe emprendió el Camino de la Vida.

Muy pronto se encontró frente a una gran puerta en la cual se podía leer:

                                                  « CAMBIA AL MUNDO »

Esa era realmente mi intención, pensó el Príncipe, pues si bien algunas cosas de este mundo me gustan, otras no me convienen.

Inició así su primer combate. Su ideal, su entusiasmo y su vigor lo impulsaron a lanzarse al mundo, a emprender, a conquistar, a modelar la realidad según sus deseos. Sintió el placer y la embriaguez del conquistador, pero no la paz del corazón. Logró cambiar ciertas cosas pero otras le opusieron resistencia. 

Pasaron muchos años. Un día volvió a encontrarse con el Viejo Sabio quien le preguntó: « ¿Qué aprendiste en el Camino? »

« Aprendí, respondió el Príncipe, a discernir lo que está en mi poder y lo que no está en mis manos, lo que depende de mí y lo que no depende. » 

« Está bien, dijo el Viejo. Usa tus fuerzas para actuar sobre lo que está en tu poder. Olvida lo que escapa a tu control. » Y desapareció.

Poco después, el Príncipe se encontró frente a una segunda puerta en la que se podía leer: 

                                                   « CAMBIA A LOS DEMÁS ».

Esa era realmente mi intención, pensó el Príncipe. Los demás son fuente de placer, de alegría y de satisfacción, pero también de dolor, amargura y frustración. Y se rebeló contra todo lo que podía molestarle o disgustarle en sus semejantes. Intentó modificar su carácter y extirpar sus defectos. Ese fue su segundo combate.

Pasaron muchos años. Un día, mientras meditaba sobre la utilidad de sus tentativas para cambiar a los demás, se cruzó con el Viejo Sabio quien le preguntó: « ¿Qué aprendiste en el Camino? »

« Aprendí, respondió el Príncipe, que los demás no son la causa o la fuente de mis alegrías y de mis penas, de mis satisfacciones o de mis contrariedades. Son sólo su revelador. Todo tiene su origen en mí. »

« Tienes razón, dijo el Sabio. Por lo que despiertan en ti, los demás te revelan a ti mismo. Agradece a aquellos que hacen vibran en ti alegría y placer. Pero también a aquellos que hacen surgir en ti sufrimiento o frustración, pues por medio de ellos la Vida te enseña lo que te queda por aprender y el camino que aún debes recorrer. »

Y el Anciano desapareció.

Poco después, el Príncipe se encontró frente a una puerta donde figuraban estas palabras:

                                                     « CÁMBIATE A TI MISMO ».

« Si soy yo mismo la causa de mis problemas, es realmente lo que me queda por hacer, » pensó. Y comenzó su tercer combate. Trató de transformar su carácter, de luchar contra sus imperfecciones, de cambiar todo lo que no le gustaba de él, todo lo que no correspondía con su ideal. Tras muchos años de este combate en el que experimentó varios éxitos, pero también fracasos y resistencias, el Príncipe se encontró con el Sabio quien le preguntó: 

« ¿Qué aprendiste en el Camino? »

« Aprendí, respondió el Príncipe, que hay cosas en nosotros que se pueden mejorar, otras que resisten y otras contra las que nada podemos » 

« Está bien», dijo el Sabio.

« Sí, continuó el Príncipe, pero estoy harto de luchar contra todo, contra todos, contra mí mismo.  ¿Acaso no se acabará nunca?  ¿Cuándo podré descansar? Tengo ganas de dejar este combate, de renunciar, de abandonar todo y de soltar. »

« Es justamente tu próximo aprendizaje, dijo el Viejo Sabio. Pero antes de ir más lejos, mira hacia atrás y contempla el camino recorrido. »

Luego desapareció.

Al mirar hacia atrás el Príncipe vio a lo lejos la tercera puerta y se dio cuenta de que llevaba en la parte trasera una inscripción que rezaba: 

                                                       « ACÉPTATE A TI MISMO».

El Príncipe se sorprendió de no haber visto esa inscripción al pasar por la puerta la primera vez en el otro sentido. « Cuando uno lucha se vuelve ciego », pensó. Vio también, diseminado por el suelo en torno suyo, todo lo que había rechazado y combatido en sí mismo: sus defectos, sus sombras, sus miedos, sius limitaciones, todos sus viejos demonios. Aprendió entonces a reconocerlos, a aceptarlos, a quererlos; aprendió a quererse a sí mismo sin compararse más, ni juzgarse o condenarse. Se encontró con el Viejo Sabio quien le preguntó « ¿Qué aprendiste en el Camino? »

« Aprendí, respondió el Príncipe, que detestar o rechazar una parte de mí, significa condenarme a no estar nunca de acuerdo conmigo mismo. Aprendí a aceptarme a mí mismo incondicionalmente. » 

« Está bien, dijo el Anciano. Es la primera Sabiduría. Ahora puedes pasar por la tercera puerta. »

No bien llegar del otro lado, el Príncipe vio a lo lejos la parte trasera de la segunda puerta en la que leyó:

                                                      « ACEPTA A LOS OTROS ». 

Alrededor de él, reconoció a las personas que habia tratado en su vida, a las que había amado y a las que había detestado. A las que había apoyado y a las que había combatido. Pero, para su gran asombro, era incapaz ahora de ver sus imperfecciones, sus defectos, todo lo que antes le había molestado tanto y que había combatido.

 Se encontró de nuevo con el Viejo Sabio quien le preguntó « ¿Qué aprendiste en el Camino? »

« Aprendí, respondió el Príncipe que estando de acuerdo conmigo mismo ya no tenía nada que reprochar a los demás, nada que temer de ellos. Aprendí a aceptar y a querer a los otros totalmente, incondicionalmente ».

« Está bien, dijo el Anciano. Es la segunda Sabiduría. Ahora puedes pasar otra vez por la segunda puerta. »

Al llegar del otro lado, el Príncipe vio la parte trasera de la primera puerta y leyó en ella: 

                                                      « ACEPTA AL MUNDO » 

« ¡Qué extraño, pensó, que no haya visto esta inscripción, la primera vez! ». Miró a su alrededor y reconoció aquel mundo que había intentado conquistar, transformar, cambiar…Le maravilló el brillo y la belleza de cada cosa, su perfección. Y, sin embargo, era el mismo mundo que antes. ¿Acaso era el mundo que había cambiado o era su mirada?

Se cruzó con el Viejo Sabio quien le preguntó « ¿Qué aprendiste en el Camino? »

Aprendí, dijo el Príncipe que el mundo es el espejo de mi alma. Que mi alma no ve el mundo sino que se ve en el mundo. Cuando está contenta, el mundo le parece alegre.  Cuando está afligida, el mundo le parece triste. Pero en realidad el mundo no es ni triste ni alegre. El mundo está, existe; eso es todo. No era el mundo lo que me perturbaba, era la idea que me hacía de él. Aprendí a aceptarlo sin juzgarlo, totalmente, incondicionalmente. »

« Es la tercera Sabiduría, dijo el Anciano. Ahora estás, por fin, de acuerdo contigo mismo, con los otros y con el Mundo. »

Un profundo sentimiento de paz, de serenidad, de plenitud embargó al Príncipe. Y el  Silencio lo habitó.

« Estás listo ya para cruzar el último Umbral, dijo el Sabio, el que lleva del silencio de la plenitud a la Plenitud del Silencio ».

Y el Anciano desapareció.

(El autor de este cuento es Charles Brulhart, la traducción es mía)

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