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La famosa frase de Sartre « El infierno son los otros », tomada al pie de la letra, es, desde luego, un error. Sin embargo, encierra una verdad profunda: cuando entramos en relación con los demás, es cuando más posibilidades hay de que se active el « infierno », con la salvedad, sin embargo, de que éste se encuentra latente, en nuestro interior, y no en los demás, como parece decir la frase del filósofo francés. Hace unos días, oí a alguien decir « si te crees sabio/a, ve a pasar unos días con tus padres ». Me causó gracias y pensé que, en mi caso, al tener hijos adultos, también se aplica la frase « si te crees sabio/a, ve a pasar unos días con tus hijos ». En ambos casos, a veces, por mucho amor que nos tengamos, surgen, inevitables, pequeños, medianos o grandes conflictos, activados por nuestros respectivos « infiernos ».

Si deseamos poder inclinarnos más hacia el amor incondicional, tal vez sirva entender de qué está hecho nuestro « infierno » interior. ¿Cómo surgen esas emociones desagradables, tales como la cólera, el miedo o la tristeza, y de las que nos queremos deshacer lanzándolas hacia el exterior, contra los otros, envenenando así nuestras relaciones? 

Empecemos por admitir que están dentro nuestro y que son generadas en y por nosotros mismos. Este es un primer paso de conciencia, pero es un gran paso, que puede tener la capacidad, de por sí, de atenuar conflictos y sufrimientos. Si nos damos cuenta de que no es « el otro » el responsable de nuestras emociones, sino la manera propia que tenemos de percibirlo, habremos avanzado mucho.

Las neurociencias han demostrado que estamos programados, desde tiempos inmemoriales, a sentir, miedo, cólera, tristeza, para no hablar más que de las emociones desagradables. Sabemos que cumplen funciones útiles y precisas, como protegernos de un peligro (el miedo), o permitirnos defender nuestro territorio (la cólera), o buscar la pertenencia y la compañía de nuestros semejantes (la tristeza). 

Sin embargo, la mayor parte de las veces, las emociones « desagradables » son generadas por nuestros pensamientos, independientemente de la realidad. Son la respuesta del cuerpo a los pensamientos, como dice Eckhart Tolle. Basta con observarnos para constatar que esto es así: pienso algo, y, de inmediato, siento una opresión en el pecho, un nudo en el vientre, o se me cierra la garganta, por efecto de una de las emociones antes citadas. A  esto se añade, que ni el cerebro, ni el cuerpo hacen la diferencia entre lo que es real y lo que es imaginario. Sólo la Conciencia es capaz de ello.

Detrás de una emoción aflictiva, no necesaria para nuestra supervivencia, siempre hay un pensamiento, que no revela más que nuestra manera subjetiva de percibir la realidad. Esta subjetividad procede de nuestra historia, de nuestra cultura, o es herencia de nuestros antepasados, o tal vez, según algunos, de experiencias de vidas anteriores.  Está hecha de creencias, a menudo inconscientes, como por ejemplo, « no se puede confiar en nadie », « los hombres son egoístas », « soy incapaz de hacer las cosas bien », « el dinero hace la felicidad », « las mujeres son posesivas », etc, (o su contrario), y de patrones de comportamiento resultantes de tales creencias. Así es como podemos funcionar toda la vida en piloto automático, repitiendo invariablemente los mismos esquemas de base, que nos hacen sufrir, aunque algunos detalles sean diferentes (caer en parejas tóxicas, trabajar en algo que no nos corresponde, tener un jefe abusivo…etc). El encadenamiento del piloto automático es el siguiente: un pensamiento, procedente de una creencia, genera una emoción o emociones. Estas, a su vez, generan nuevos pensamientos, contándonos « una historia » que nos creemos a pies juntillas y que viene a alimentar a la emoción o emociones, formando así un círculo vicioso.

La buena noticia es que somos seres maleables, dotados de conciencia y que, por consiguiente, no hay fatalismo; tenemos la posibilidad de quebrar este círculo vicioso. Contamos con dos maneras a nuestro alcance, y ambas exigen que instalemos un STOP para observarnos. La primera apela a nuestro conocimiento y a nuestra memoria (cerebro izquierdo), y consiste, primero, en recordar lo descrito anteriormente, para no caer en la trampa habitual consistente en creernos « la historia » que nos cuentan los pensamientos. Se trata de recapacitar y de decirnos:  « No, esto no es así o asá, esta es MI manera subjetiva de ver las cosas, una manera propia que me hace sufrir, NO es la Realidad » Este STOP tendrá por efecto el tomar distancia respecto a los pensamientos, y por consiguiente, tendrá el poder de desactivarlos.

La segunda apela a nuestro cuerpo y a nuestro cerebro derecho y consiste en tratar a la emoción como lo que es: energía pura. Observar en qué parte del cuerpo se manifiesta, cuál es su consistencia, si es móvil o fija, qué temperatura tiene, qué color, eventualmente, y dejarla ser. En una palabra, se trata de acoger la emoción con benevolencia y curiosidad, como lo preconiza la Psicología contemplativa. Se trata de escuchar a la emoción, como a un niño que tiene una pena, en vez de apartarnos de ella, de juzgarla y condenarla, como solemos hacer… En este proceso de atención plena, que exige a menudo un acompañamiento, la emoción se disuelve y pueden surgir imágenes reveladoras o tomas de conciencia que deshacen para siempre el condicionamiento.

Demás está decir que estos dos caminos de conciencia, no se excluyen. Y como siempre, recordemos los ingredientes básicos: voluntad y práctica. A las palabras -a la teoría- se las lleva el viento…

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