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Autocompasión y aceptación son dos palabras claves, dos conceptos que manejan la psicología y filosofía budista desde hace milenios y que a nosotros, occidentales, impregnados de judeocristianismo, no nos resulta tan fácil ni vivir ni aprehender.

Una de las razones por las cuales nos es difícil entender la autocompasión es porque la confundimos con la autoconmiseración. Y aquí ocurre una paradoja, a saber que, si bien somos muy proclives a caer en esta última, podemos rechazar la idea de autocompasión por asimilarla con la autoconmiseración. 

Sin embargo ambas se encuentran en polos opuestos. La autoconmiseración  dice « pobrecito/a de mí » aunque no se formule en estos términos. Conlleva sentirse víctima de las circunstancias, de otra persona, de la vida, del destino etc. Significa entonces entregar el poder de hacerte feliz o infeliz a una entidad exterior cualquiera sea ella. Es importante reconocer cada vez que nos sentimos víctimas; nos asombrará quizá constatar cuán frecuente es. « Echar la culpa » a los demás, al mundo, o al destino, parece ser una solución inmediata más fácil, más cómoda, en un principio, que practicar la autocompasión. Y esto sucede así, porque creemos, equivocadamente desde luego, que si no echamos la culpa a los demás, la única opción es echárnosla a nosotros mismos. Alguien tiene que « tener la culpa », piensa nuestra mente judeocristiana. Así es que alternamos entre autoconmiseración y victimismo por un lado, y autoflagelación por otro.

En parte debido a condicionamientos culturales, no solemos recurrir naturalmente a esa tercera opción que enseña el budismo y que es la autocompasión. Esta supone una ampliación de la conciencia hacia algo que no controlamos y que nos trasciende. No se trata de una creencia dogmática, como en las religiones, sino de una vivencia que va surgiendo de la práctica de la meditación o de otras disciplinas contemplativas. Es una suerte de despertar, al alcance de cualquiera que se proponga dedicar un tiempo, cada día, a cultivar la atención plena al momento presente. Como siempre, el estar enterados de que existe esa otra posibilidad que, a diferencia de las otras dos, no conlleva sufrimiento, puede motivarnos a iniciar y mantener una práctica contemplativa. La consecuencia ha de ser que, ante situaciones o emociones que nos perturban, no nos sentiremos aislados ni separados. Nos experimentaremos como formando parte de una humanidad en la cual millones de individuos ya han pasado millones de veces, y siguen pasando, por una experiencia similar a la nuestra. También nos sentiremos en un camino infinito que viene desde nuestros ancestros y se prolonga hacia nuestros descendientes. Un camino de aprendizaje donde, si no tropezáramos, todo se mantendría estático y, sencillamente, no habría vida. La autocompasión es incompatible con la culpa, tropezar es humano. Y tropezar puede dar lugar a un aprendizaje, siempre y cuando nos mantengamos atentos, conscientes, y responsables y no víctimas. Siempre y cuando seamos  autocompasivos.

La autocompasión implica necesariamente aceptación, el otro término que, como decía al principio, vale la pena aclarar. La aceptación no es resignación, porque ésta supone, de nuevo, victimismo. En la resignación nos sentimos impotentes. En la aceptación, en cambio, desde nuestra conciencia ampliada, entendemos que lo que está pasando, a menos que haya una posibilidad de cambio, es lo que puede pasar y lo que tiene que pasar, ni más ni menos. Existe una serie complejísima de causas y efectos que no controlamos en lo más mínimo aunque nuestra mente o ego nos haga que creer que sí. No soy el centro del mundo como lo pienso cuando rechazo la situación que vivo actualmente, cualquiera sea la importancia de ésta en mi vida. Al oponerle resistencia, no estoy teniendo en cuenta que es la resultante de un encadenamiento interminable de decisiones tomadas por otros, (y hasta por mí, pues de lo contrario no me encontraría en esa situación). Pese a que intelectualmente lo sepamos, fijémonos cuántas veces, por mes, por semana, por día, entramos en resistencia contra la realidad. Fijémonos si está en nuestras manos cambiar la situación que nos molesta, y si es el caso, quizá sea bueno que aceptemos el reto que nos propone la vida y actuemos. 

La famosa « plegaria de la serenidad », usada por los Alcohólicos Anónimos, lo expresa bien cuando evoca  como deseables  « la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el coraje para cambiar lo que puedo cambiar y la sabiduría para distinguir la diferencia». 

En efecto, es muy frecuente que perdamos energía oponiéndonos a lo que nos está ocurriendo y que no podemos cambiar. Se trata de lo que Eckart Tolle y otros pensadores espirituales inspirados del budismo llaman « resistencia ». Es interesante recordar que aún llevamos en nuestro cerebro las huellas de nuestros miedos ancestrales como seres humanos, frágiles en una Naturaleza peligrosa y hostil. En esta parte nuestra, que a menudo nos gobierna, ignoramos que ya no somos esos hombres y mujeres de las cavernas que necesitaban defenderse y prever lo peor para sobrevivir. De allí procede una vieja, inconsciente y falsa creencia según la cual nuestra resistencia va a suprimir aquello contra lo que nos     resistimos. Aunque esto no es así, como podemos comprobarlo una y otra vez, caemos invariablemente en la resistencia. Esta genera ira, irritación o cualquier otra emoción perturbadora, y se añade así, inútilmente, al dolor que ya estoy sintiendo, haciendo a veces que el (falso) remedio sea « peor que la enfermedad ».

Si en vez de ser autocompasivos, caemos en la autoconmiseración, o si, en vez de abrazar la realidad, aceptándola, sentimos que no tenemos más remedio que resignamos a ella, nos sentimos víctimas y añadimos sufrimiento al sufrimiento. Se ha usado la imagen del surfista para ilustrar la actitud a adoptar ante las contrariedades de la vida. Yo prefiero otra imagen acuática, quizá más accesible a todos : cuando nos dejamos flotar en el mar, quedándonos inmóviles, mecidos por las olas, la sensación psicocorporal de « soltar » es homóloga a la que sobreviene cuando dejamos de oponer resistencia a las cosas que no nos gustan en la vida

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