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¿Hasta qué punto somos capaces de escuchar realmente al otro?

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Esta es una pregunta crucial que debemos plantearnos, ya que, de la calidad de nuestra escucha y de nuestra comunicación depende, en gran parte, que nuestras relaciones, de cualquier tipo, sean o no armónicas. 

Si nos fijamos bien, muy a menudo nos cuesta prestar atención a lo que nos dice verdaderamente el otro. Nos es difícil poner entre paréntesis lo que sentimos o lo que queremos decir según nuestra propia visión. A veces, más que escuchar, estamos esperando el momento en que podamos intervenir, para contar nuestra propia experiencia, para dar nuestro punto de vista, para opinar. Otras veces, con las mejores intenciones de ayudar al otro, y evitarle el sufrimiento, somos torpes y nuestra comunicación resulta contraproducente, incluso hasta generadora de conflictos. 

Desde mediados del siglo XX, figuras como Carl Rogers (Terapia centrada en la persona), o Marshall Rosemberg, el creador de la Comunicación no violenta (CNV), han advertido que nuestra forma de comunicarnos  -no consciente y en piloto automático- es, la mayor parte del tiempo, fuente de conflictos y hasta de guerras. Si bien Carl Rogers se ha interesado por la relación terapeuta- paciente, su enfoque -que tiene mucho en común con el de Rosemberg- proporciona herramientas valiosísimas y aplicables a todas nuestras relaciones.

En este sentido, vale la pena tener en cuenta las seis actitudes de comunicación que determinó Elias Porter, colaborador y discípulo de Rogers. Según él, cuando alguien nos cuenta un problema o expresa alguna emoción aflictiva, solemos tener una de las seis actitudes siguientes:

* Evaluar o juzgar:« Está muy bien lo que haces o has hecho » « Creo que te equivocas o te has equivocado.. » « Lo que sientes es absurdo.. »

* Interpretar: « Creo que eso te pasa porque… »

* Consolar: «Ya se te va a pasar… » « No te preocupes… » 

* Investigar: « ¿Cómo? » « ¿Cuándo? » « ¿Dónde? », etc

* Aconsejar: « No deberías hacer tal cosa », « En tu lugar, yo.. »

* Comprender (reformulando): « Si entiendo bien lo que te pasa es… »

Según Porter, de estas seis actitudes sólo esta última refleja un esfuerzo por comprender sinceramente el problema de la manera como lo siente el otro. Se trata  ante todo de comprobar que hemos entendido bien lo que ha dicho. Por añadidura, la reformulación puede servir también para  aclararle  a nuestro interlocutor(a) lo que él/ella mismo(a) está sintiendo. Es entonces la única actitud correcta, según Porter, pues no conlleva ningún riesgo.

La Comunicación No Violenta (CNV) va más allá de la relación terapéutica, invitándonos a estar atentos, en nuestra vida cotidiana, seamos o no terapeutas, a aquello que en nuestra comunicación disminuye las posibilidades de que la otra persona no sienta que le estamos brindando empatía y comprensión.

Se trata de las mismas actitudes que indica Carl Rogers, a las que se añaden subcategorías como el reproche (dentro del « Juicio » ), o el hecho de disminuir la importancia de una situación o, al contrario, de dramatizarla (dentro del « Consuelo »). También apunta a la tendencia que podemos tener a hablar de nosotros mismos (« Narración »: « me recuerda el día en que yo… »), o cuando brindamos nuestra empatía a una tercera persona que es la causante del problema de la primera: « Entiendo por qué ha hecho eso »,« Creo que se siente mal porque necesitas que lo entiendas.. »

Sin embargo, es importante tener en cuenta, a mi entender, que, pese a que la reformulación, como indica Porter, es la única actitud que acarrea menos riesgos, no necesariamente son siempre negativos los efectos producidos por algunas de las otras actitudes. Por ejemplo, cuando interpretamos, si la interpretación es exacta, la persona puede sentirse comprendida; el consuelo puede dar fuerzas para salir adelante; la investigación puede ser percibida como interés y ayuda; el consejo, si es pertinente, puede ser considerado eficaz, etc.
Como quiera que sea, no cabe duda de que estas herramientas son muy útiles para comunicarnos con conciencia, pero el peligro es caer en dogmatismos o en la aplicación de recetas, lo cual puede volver artificial la comunicación. Peor aún, puede volverla mental.

En la óptica de la Psicología contemplativa, y no sólo en un marco terapéutico, se trata de escuchar al otro(a)  con el corazón abierto, en una actitud de aceptación de todo lo que procede de la otra persona. Esto implica saber acoger las emociones perturbadoras, y no pretender huir de ellas como nos ha enseñado nuestra educación occidental. De esta manera, más que de comunicación podríamos hablar de conexión. Es una actitud de « no saber » que excluye todo juicio y que participa de los cinco elementos del Budismo tibetano. La escucha, y más ampliamente el « intercambio compasivo » -como se llama en Psicología contemplativa-, es como la Tierra en su capacidad de acogerlo todo, como el Agua, en su capacidad de adaptación, como el Aire en su aptiidud de no apegarse a nada ; es cálida como el Fuego, es abierta como el Espacio. Y sobre todo, está profundamente enraizada en el momento presente. Por eso el terapeuta debe tener una práctica meditativa asidua que le posibilite no escuchar únicamente con la mente.

La Psicología contemplativa hace una diferencia entre la empatía y la compasión. Como dice Béne Brown: « La empatía es la habilidad de recurrir a  nuestras propias experiencias para conectarnos con la experiencia que otro(a) nos comparte. La compasión es el deseo de mantenernos abiertos a ese proceso. »

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