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¿Cuál es el « despertar » que hace falta?

January 31, 2018

 

No diré nada nuevo si recuerdo que el peligro de catástrofes de todo tipo nos acecha. Algunas son de una terrible actualidad para millones de seres humanos, y otras se vislumbran amenazantes en el horizonte. Cada año se suman nuevas hecatombes presentes o por venir: guerras étnicas, hambrunas, calentamiento global, cambios climáticos desvastadores, desaparición de especies, contaminación del medio ambiente, guerras bacteriológicas, masacres, atentados terroristas, guerras nucleares, etc.

Resulta ya casi de sentido común el comprender que la solución está en el despertar de la conciencia humana. Pero ¿a qué me refiero con « despertar »?

A menudo se asimila « despertar » a « iluminación », un estado de unión permanente con el Todo, al que muy pocos tienen acceso y que, por ello, resulta descorazonador para el común de los mortales y, por esa razón, inoperante para muchas personas.

El despertar al que aludo es mucho más accesible. Hay una manera, que, aunque no baste del todo, ni mucho menos, puede ser un buen comienzo. Consiste simplemente en la comprensión intelectual de que las creencias en las que está basada nuestra civilización son falsas. No es muy diferente de lo que ocurría antes de que Colón llegara a América; el mundo occidental creía que la tierra era plana. Faltaba una información fundamental que debía contar con su parte empírica y vivencial desde luego, que avalara la teoría. Pero, una vez que los navegantes lo comprobaron y vivieron en carne propia esa realidad, la noticia se difundió, formó parte de la « cultura general » y nadie necesitaba dar la vuelta al mundo como Magallanes, para contar con esa información que cambiaba radicalmente la visión que podían tener de la realidad.

Del mismo modo, desde que los medios de comunicación acortaron la distancia entre las diferentes culturas, Occidente pudo tener acceso a las antiguas sabidurías orientales que, desde hace milenios, « dan la vuelta », no al mundo sino al ser humano y sus mecanismos. Gracias a ellas hemos podido, en las últimas décadas, enterarnos del concepto del Ego (diferente del « yo » freudiano). Es importante igualmente tomar conciencia de que  la creencia en la cual se apoya nuestra civiización y sus males -sobre todo en Occidente- es la que da por descontada la equivalencia entre el ser humano y el Ego. Está tan arraigada que  la mayoría de los occidentales vivimos acordes con esa creencia. Estar identificado con el Ego es automático en la medida en que no hay, en la educación de los niños, ninguna instancia laica que enseñe, o informe, que somos algo más que el Ego.

¿Cómo se define éste? El Ego es esa instancia interior que, de manera constante, produce pensamientos y los cree verdaderos, que juzga, que compara, que siempre quiere tener razón. El Ego es temeroso de todo, es sumamente frágil y reactivo tanto a las críticas como a los elogios, de éstos últimos hasta la dependencia. Los budistas tibetanos hablan de los tres pilares del ego que son la imagen, el poder y la seguridad. Los verbos del Ego son: Parecer, Hacer y Tener.

El Ego no existe en sí mismo, por eso intenta encontrar su existencia en el exterior a través de estos tres atributos, pero, como se trata de una ilusión, la verdad es que, por más que los encuentre, detrás de ellos halla el vacío - el reflejo de lo que él mismo es- y se convierte en un barril sin fondo, incluso cuando alcanza logros; nada lo satisface, nunca puede sentirse plenamente feliz. Su emoción preponderante es el miedo, y si tiene un logro, de cualquier tipo que sea, temerá perderlo lo cual menguará bastante su satisfacción. El Ego se cree el centro del mundo, pretende controlar la realidad y le cuesta mucho aceptar que las cosas son como son y no como él quiere que sean. Se siente victima de todo lo que que le pasa; el concepto de responsabilidad le es ajeno. Está muy apegado a sus hábitos y a su « zona de confort »; los cambios, a todo nivel, le dan miedo y les opone resistencia. Por fin, el ego cree que cuerpo y mente son dos entidades separadas, privilegia a la mente y desdeña o ignora al cuerpo, el cual tarde o temprano, se lo hace pagar caro.

Por todo ello, identificarse con el ego es una garantía de sufrimiento: estrés e insatisfacción permanentes vuelven al ser humano sumamente manipulable y generan automatismos nocivos a nivel personal y planetario.

Y ¡ojo! por más que estemos en un camino espiritual, todos tenemos Ego, de él nadie se salva. De hecho, nos es necesario para la vida práctica y no es cuestión de destruirlo o de desactivarlo; la verdad es que nos ha llevado un buen tiempo construirlo, como podemos observar fácilmente cuando somos padres de hijos pequeños. 

De lo que se trata, en el estadio actual de nuestra evolución, es de entender que el camino que ha de seguir todo ser humano es el de tomar conciencia de que, como decía más arriba, somos algo más que el Ego. Que podemos observarlo, tomar distancia  respecto a él y sobre todo cultivar aquella parte que en nosotros no es el Ego, lo cual nos permitirá más fácilmente evitar la identificación. ¿Y de qué manera se hace esto? La manera más directa es la práctica de la atención plena y de la meditación. Pero es también la más difícil, porque exige constancia y disciplina. Además, conviene sanar el Ego primero, lo cual significa ampliarlo, aprendiendo a integrar la Sombra (las proyecciones) y el cuerpo.

Pero volvamos a lo que decía antes: contar con la información ya sirve. Desde luego, algunos la necesitan más que los que no han perdido la conexión con esa sabiduría innata. Y saber que  existe ese lugar es un primer paso; luego, es fundamental experimentarlo, por supuesto. El pescador del siglo XV no se alejaba de las costas, porque pensaba que existía en el horizonte un abismo habitado por monstruos, pero con el tiempo, cuando llega a sus oídos que la tierra es redonda, se aventura más allá. Pero es sobre todo la experiencia vivencial de que no hay tal abismo, lo que le consta más al pescador. 

Y otra información importante es que observar al Ego, es ya empezar a desidentificarse de él. Es la prueba, además, de que existe en nosotros otra instancia, la observadora, que, como insiste el budismo, ha de ser compasiva pero no autocomplaciente.

Cultivar lo que en nosotros no es el Ego, es cultivar el Ser (también llamado esencia, partícula divina o universal, Sí mismo, Alma…), que, como vimos, no es un verbo o sustantivo que forme parte de su vocabulario. El Ser se cultiva con la meditación o en el silencio de la atención plena (el Ser ama el silencio), pero también existen otras actividades que nos conectan con él, y en particular las que involucran al hemisferio derecho, como el contacto con la Naturaleza, la búsqueda del silencio, la creatividad artística centrada en el momento presente…

Para desidentificarse del Ego, y salir del sueño colectivo actual hace falta un esfuerzo consciente. Le corresponde a cada uno/a encontrar los medios prácticos que le convengan para ese « despertar » indispensable. Ya que, como lo decía al principio, y como muchos lo sabemos, la humanidad está enfrentada a enormes dificultades que ponen en peligro su supervivencia. El despertar de cada uno/a no sólo aportará más luz a nuestra vida, sino que es la base de una transformación colectiva urgente.

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