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Esas extrañas coincidencias...

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Si le preguntamos a cualquier persona en  la calle si sabe lo que es una coincidencia, nos responderá afirmativamente. Sin embargo si le hablamos de « sincronicidad », ni uno de cada cien sabrá lo que es. Y sin embargo, todos hemos vivido alguna vez (o muchas) una de « esas extrañas coincidencias ».

Fue el psicoanalista suizo, Carl Gustav Jung, quien introdujo, a mediados del siglo pasado, la noción de sincronicidad para designar la manifestación simultánea de al menos dos acontecimientos que no tienen ningún vínculo de causalidad entre sí, pero que cobran sentido para la persona que los vive y percibe. Se trata, en suma, de la manifestación de un acontecimiento externo que resuena con un estado o un cuestionamiento interno. 

Jung elaboró ​​su teoría sobre las sincronicidades después de haber vivido una coincidencia significativa con un escarabajo de una especie particular, (un "escarabajo de oro") y una de sus pacientes. Esta le estaba contando un sueño en el que le regalaban un escarabajo en forma de joya. En ese preciso instante, un escarabajo de oro comenzó a golpear el vidrio de la oficina, queriendo irrumpir en la habitación. Jung abrió la ventana, cogió al insecto y, estupefacto, le dijo a la paciente: «¡Mira, aquí tienes a tu escarabajo! ». Así fue como la paciente recibió un shock que le permitió avanzar en su trabajo de terapia.

Si estamos atentos a este tipo de acontecimientos, vinculados por el significado y no por la causalidad, nos damos cuenta de que estas coincidencias o "sincronicidades" ocurren con bastante frecuencia en nuestras vidas y se manifiestan tanto en temas anodinos como en temas importantes para nosotros. A todos nos han ocurrido o nos ocurren en diversa medida. 

Algunos ejemplos de sincronicidades: encontrar, en un periódico olvidado por alguien en el autobús, el anuncio de la vivienda o del trabajo ideal que estabas buscando, o hacer un trayecto inhabitual y toparte con la persona adecuada para ayudarte a avanzar en tu proyecto actual, o encontrar justo la información que necesitabas abriendo  un libro en cualquier página…

Las sincronicidades son fácilmente reconocibles porque nos proporcionan una emoción de asombro y resuenan profundamente en nosotros. A veces son -o nos parecen- « anodinas », y  otras veces, captamos en ellas algún mensaje más profundo que nos incita a una transformación.

Pueden apuntar a un talento que aún no hemos descubierto en nosotros mismos, o designarnos un rumbo, o confirmarnos la pertinencia de un proyecto incipiente.

Las sincronicidades anodinas son como chistes del Universo, como un guiño que nos comunican que todo está bien y en armonía, que estamos en el camino correcto, o nos confirman una intuición, un sentimiento interno.

Es importante tomar nota de todas ellas, pues nos ponen en contacto con lo invisible y trascendente, por más anodinas que nos parezcan.

Y, como sucede con los sueños, cuanto más atentos estemos a ellas, más abundantes serán. También seremos más capaces de interpretar correctamente informaciones y mensajes que pueden sernos útiles.

 

Sin embargo, las sincronicidades no siempre son interpretables. Son, a menudo, como un verso de un poema inacabado o infinito, en todo caso enigmático; por ello nos abren al sentimiento trascendente del Misterio, de la probable existencia de una inteligencia que nos supera y que todo lo abarca. Por eso también es bueno tratarlas como un regalo, y no dejar de saborear la emoción positiva que a menudo nos suscitan. 

Una manera interesante de convocar una sincronicidad es usando Tarots de autoconocimiento y/o de espiritualidad. En este caso, la carta o las cartas que descubrimos « por azar » resultan, en realidad, en profunda resonancia con nuestra psiquis en el momento presente. Nos transmiten un mensaje que intuíamos, o alumbran zonas de sombra que no estábamos percibiendo.  Los Tarots pueden ser una herramienta muy útil, incluso de uso cotidiano o frecuente. Nos ayudan a darnos cuenta de lo que realmente deseamos, hacen aflorar elementos inconscientes, nos dan indicaciones sobre la etapa de la vida que estamos viviendo etc., y contribuyen así a alumbrar el camino de nuestra evolución personal y espiritual.

Personalmente, no suelo usarlos como oráculos  para « adivinar el futuro », por dos razones:  no creo que el futuro esté predeterminado, y no me interesa tanto saber lo que va a pasar, como entender mejor lo que hay en mi interior. También los propongo últimamente en los talleres de movimiento que facilito, en los cuales, invariablemente, los participantes, no sin asombro, encuentran resonancias y claves importantes para su evolución. 

Con las sincronicidades, el peligro, como siempre, procede de la mente, y consiste, a mi parecer, en convertirnos en un acechador o acechadora permanente de signos, hasta lo absurdo (o lo ridículo).  Una actitud así pondría de manifiesto una voluntad exacerbada de control. Como con todo lo demás, el secreto está en soltar, y en estar atentos más que nada, a aquellas sincronicidades que le hablan sobre todo a nuestro corazón, que nos provocan una emoción de mayor o menor intensidad, una emoción que puede ser tanto agradable como perturbadora.

A fin de cuentas si nos « perdemos » una sincronicidad, si sólo la percibimos a posteriori, también esta experiencia ha de aportar sin duda un aprendizaje: para empezar, quitarnos de la cabeza que podemos controlar la vida o incluso entenderla en cada detallle; siempre subsiste una dosis de misterio que nos  llama a la humildad.

Las sincronicidades son la manifestación y la prueba de lo conectado que está todo, y de hasta qué punto resuena  el Universo con lo que vivimos (o viceversa),.

Incluso las sincronicidades más anodinas, o que parecen tales, tienen la función de recordarnos que no estamos separados de todo lo demás,  que formamos parte de una red infinita y vibrante, permanentemente conectada.

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