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LA PAZ INTERIOR

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LA PAZ INTERIOR

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Tal vez hemos de alcanzar cierta edad o haber pasado por ciertas experiencias dolorosas para comprender que nuestras posesiones, nuestros títulos, nuestros logros pueden brindarnos momentos de placer intenso pero ciertamente no la paz interior duradera a la que todos aspiramos.. Una vez que la intensidad ha terminado, se genera un nuevo deseo basado en la insatisfacción del ego que quiere siempre más, incapaz de saciar su apetito de acumulación, movido por su miedo a desaparecer que no cesa nunca. Cuando hablo de acumulación, no me refiero únicamente a bienes materiales; pueden ser títulos, reconocimiento, comida, sexo, fiestas, etc. El ego sólo funciona con el "hacer" y el « tener" y desconoce el Ser, pues allí se encuentra su tumba. En nuestra cultura no existe ninguna conexión entre la felicidad auténtica y la forma en la que el mundo nos propone encontrarla.  Sin embargo, en nuestro fuero interno sabemos o deberíamos saberlo, por haberlo experimentado, que ni la evasión, ni la diversión, ni la euforia, ni el entretenimiento son felicidad o paz interior. Como algunas de estas palabras lo indican claramente, esos estados nos alejan de nuestro verdadero Ser o Esencia, donde sí reside la fuente de la verdadera felicidad. Esto equivale a decir que vivimos engañados, o, como dicen algunos « dormidos » y soñando en una realidad ficticia en la que vivir es igual a sufrir. La mayor parte del tiempo estamos en modo zombie, en "piloto automático », respondiendo a patrones que nos esclavizan. 

Además nos dejamos llevar por todo tipo de pensamientos acerca de situaciones del pasado en las cuales nos gustaría haber actuado de otra manera. No nos damos cuenta de lo inútil que resulta este tipo de pensamientos y ello por tres razones al menos: primera, el pasado ya no existe y no podemos cambiarlo, segunda, actuamos de la única manera que nos era posible en ese instante, teniendo en cuenta la persona que somos y, tercera y principal : siempre que un pensamiento nos haga sufrir, se trata de un pensamiento que procede de la auténtica máquina de autotortura que es el ego. Claro que la culpabilidad suele estar en la raíz de estos arrepentimientos. Ignoramos que somos esa persona única, digna de respeto y de amor, empezando sobre todo por el nuestro propio, que actuó lo mejor que pudo según sus recursos en ese momento. Hemos de ser amorosos con nosotros mismos, comprensivos con nuestro niño interior herido, lo cual no significa caer ni en la victimización ni en la autocomplacencia, sino, por el contrario, tomar la responsabilidad personal que equivale a la auténtica libertad y, en última instancia, nos acerca al amor incondicional hacia los demás.

Según el tipo de personalidad, en vez de mirar hacia el pasado, nos focalizamos en el futuro de manera permanente, imaginando todo tipo de inconvenientes, problemas o incluso catástrofes que puedan ocurrir. Lo que nos motiva es la creencia de que podemos controlar la realidad. Esa es una de las tantas ilusiones que nos mantienen en el engaño y la fabricamos para combatir el miedo a lo incierto y a la impermanencia. Cada vez que nos proyectamos negativamente hacia el futuro, es bueno detenerse y acoger ese miedo, dejárnoslo sentir tal como se presenta, pero sin alimentarlo con más pensamientos. Paralelamente, nuestra mente cognitiva se verá satisfecha con el razonamiento lógico de que  la realidad es imprevisible y que nos es imposible controlarla. El pensar de esta manera puede servirnos para intentar soltar y surfear con confianza sobre las olas de la vida, sin dejar de hacer lo que consideramos necesario, pero sin apegarnos a los resultados. A veces, para combatir el miedo, podemos también abrigar ilusiones positivas o idílicas respecto al futuro, y el peligro de estos sueños es que la realidad puede resultar muy decepcionante en comparación con nuestras expectativas excesivas. Si bien la capacidad humana de viajar mentalmente por el tiempo no tiene sólo inconvenientes, la mayor parte de las veces va acompañada de sufrimientos y se transforma en una cárcel mental que nos separa del único momento que realmente existe: aquí y ahora.

El contacto con el momento presente, es la panacea para cualquier perturbación de la paz interior que todos anhelamos. Podemos acceder a él a través del cuerpo (respiración, sensaciones corporales) y observando sin juicio y con benevolencia, nuestras emociones y nuestros pensamientos..

Sin embargo es importante tener en cuenta que, de la misma manera que el atleta o el bailarín entrena sus músculos para que estos respondan en el momento de la performance o del espectáculo, la meditación o cualquier otra práctica corporal centradas en el ahora no son un fin en sí mismos. Nos sirven para entrenar a nuestra mente a ir a ese lugar de calma imperturbable al que necesitamos acceder en el día a día para que nuestra vida no se transforme en un infierno. 

Claro que lo primero es reconocer que nuestra vida es un infierno, aunque queramos creer o mostrar lo contrario. Y esto es porque vivimos invadidos por la culpa o el miedo, creyéndonos nuestros pensamientos y obedeciendo a patrones que damos por sentados y que no hemos cuestionado. Este último punto también es importante, porque para estar en el momento presente hemos de amigarnos con nuestro ego. Amigarse significa autoconocerse, saber cuáles son los patrones de comportamiento y creencias asociadas, conscientes e inconscientes que nos gobiernan. Sin este « trabajo » sobre nosotros mismos es probable que nos quedemos bloqueados en los « hay que », y « tengo que », haciéndole eco a la tónica yang de nuestra sociedad.

La meditación, en estos casos, puede llegar a ser una obligación y/o una evasión de nosotros mismos, puede estar desconectada de la vida misma, a la cual volvemos sin que cambie nada de nuestos comportamientos. 

Por eso, a mi parecer, la exploración de las características de nuestra personalidad (creencias, patrones, traumas…) a través de una terapia o práctica terapéutica, o por medio del estudio del eneagrama, y/o de la carta astral, por poner algunos ejemplos, resulta imprescindible.

Sin autoconocimiento no podemos vivir desde la Esencia de manera duradera. Sin autoconocimiento no hay espiritualidad tal como la entiendo, a saber la espiritualidad laica que nos hace entender que somos uno, que la Vida siempre nos aporta lo que necesitamos, y que estamos en la tierra para crear Consciencia, que es lo mismo que decir descubrir el verdadero Amor.

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