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La gran oportunidad

April 5, 2020

 

 

 

Extraño período este que nos toca vivir, de un extremo al otro del planeta, todos concernidos, todos conectados, todos potencialmente contaminantes, y contaminables. Si bien es cierto que pandemias ha habido muchas a lo largo de la historia, sin embargo, es la primera vez que el género humano vive una experiencia de este tipo, tan generalizada. En todos los continentes, asimismo, una gran parte de los seres humanos nos vemos obligados a una cuarentena o confinamiento que limita nuestros movimientos. Vivimos unas circunstancias que a todos nos iguala; el virus no conoce fronteras, no discrimina entre ricos y pobres, ni entre supuestas razas.. 

Desde mis referencias, arraigadas en las filosofías y espiritualidades orientales, estoy convencida de que cualquier adversidad, ya sea colectiva como individual, sobreviene para que podamos asimilar enseñanzas que nos permitan evolucionar hacia un mayor nivel de consciencia. 

Una circunstancia como esta, por lo peculiar, nos presenta con aún más claridad esta gran oportunidad.

Por poco que quisiéramos escucharlos, los mensajes son claros y orientan hacia una transformación individual y colectiva de carácter urgente. 

El virus es una amenaza palpable de la que acabaremos saliendo, pero en el horizonte se ciernen otras, mucho mayores y más graves. Serían consecuencia de los desastres ecológicos que hemos creado, frutos  de una civilización mortífera, producto ella misma de un nivel de consciencia de la humanidad que hemos de elevar si no queremos perecer.

En medio de esta crisis puede oirse hablar aquí o allá de un retorno a la normalidad, como si ésta fuera deseable. Pero reflexionemos un poco: los incendios en Amazonia, en Australia, o en tantos otros lugares, la contaminación de los océanos, del aire, de la comida, el que se dispare con balas reales a las puertas de Europa a inmigrantes que huyen de guerras o de la tortura, las terribles desigualdades entre las poblaciones, los escasos medios de los que dispone el sistema sanitario, la tortura a la que se somete al ganado y otros animales de granja, los 50 mil satélites enviados para instalar la 5G cuyos efectos sobre los seres humanos se desconoce, el derretimiento de los polos y sus consecuencias nefastas, etc, etc, etc.. ¿A esto deseamos volver? 

 

La propia existencia del virus tendría que ver, al parecer, con la disminución de la biodiversidad y con la vulneración de los hábitats naturales de animales salvajes. En cuanto a la propagación de la pandemia, ésta pone de manifiesto la debilidad de nuestro sistema inmunológico, ocasionada por una vida antinatural en la que la alimentación industrial, los pesticidas y el abuso de fármacos nos envenenan y debilitan nuestra flora intestinal y por ende nuestras defensas naturales. No es de extrañar que los ancianos se encuentren en la primera línea entre las víctimas. Si bien en estos dos últimos siglos ha aumentado la esperanza de vida (al menos eso se decía en el "mundo de antes"), se han multiplicado las llamadas enfermedades de civilización que no afectan sólo a mayores, por cierto:  enfermedades autoinmunes, diabetes, obesidad, cáncer, parkinson, e incluso el autismo que se ha disparado entre los niños, y cuyo origen, según algunos especialistas, se hallaría en una flora intestinal, o "microbiota", debilitada por el maltrato a la que se le somete. A la alimentación industrial y al abuso de pesticidas, se unen las manipulaciones genéticas de cereales como el trigo, cuyos efectos nocivos son generalizados, incluso para los no celíacos, por su altísimo contenido en gluten que vuelve al pan más esponjoso y más atractivo. Así, por costumbre, por escepticismo, por inercia, por dejadez, nos dejamos envenenar gota a gota.

A muchos puede costarnos abandonar viejos hábitos, basados en la ignorancia en que nos mantiene, si lo consentimos, el afán de lucro de los grandes lobbys agroalimentarios, de los fabricantes de pesticidas, de los laboratorios farmacéuticos, por ejemplo, por nombrar sólo a ellos. 

Otra de las enseñanzas valiosas de esta crisis, debería ser aquello de que cuidándome yo, cuido a los demás, que descuidándome yo, descuido a los demás. La responsabilidad es de todos y de cada uno de nosotros.

 

En estos días, en las grandes ciudades, podemos disfrutar de un aire descontaminado, del trino más presente de los pájaros, de un silencio recobrado.

La responsabilidad de cada uno no sólo tiene que ver con la salud y el cuidado de la alimentacion sino con disminuir la contaminación debida a los excesos en el uso del coche, o de los aviones, por ejemplo.

Consentir un cambio, aunque nos cueste, aunque signifique sacrificios, es una elección. Se trata de una elección entre la vida y la muerte para la humanididad, así de simple.. La muerte, por pereza, ignorancia, exceso de hedonismo,  o cualquier otra razón, consiste en hacemos cómplices -inconscientes, la mayor parte del tiempo- de un sistema letal como es este en el que estamos inmersos, desoyendo todas las señales de alarma, de las que nos hablan personas esclarecidas desde hace medio siglo y una de cuyas consecuencias estamos viviendo ahora.

Estamos hechos de sombras y de luz y con ellas hemos de crear un Nuevo mundo, no de ángeles, pero sí de seres humanos más conscientes de su verdadera naturaleza.

Cierto es que se ciernen también sobre nosotros amenazas de tiranías o de control ciudadano que se amparen en el pretexto del virus. Alli tenemos el caso de Hungría donde ya está ocurriendo. Es probable que personalidades sedientas de poder, aprovechen esta oportunidad para instalar el llamado "nuevo orden mundial" o intentar hacerlo. 

Nuestra tarea consiste en ser vigilantes respecto a nuestra propia sombra (esa parte inconsciente de nosotros que rechazamos) para no proyectarla contra "malos" exteriores. Vivimos en un mundo dual y esta sombra puede actuar en nosotros, despertando, en espejo, nuestras ansias de control. ¿A qué me refiero? A lo que en nosotros se niega a asumir que no sabemos nada, o tan poco. No sabemos, por ejemplo, si, dentro de un plan cósmico, dichos tiranos deben existir para que la porción de luz crezca. Por eso creo que nuestra tarea consiste más bien en elevar nuestras vibraciones evitando alimentar emociones de efecto opuesto, como el miedo, no ya únicamente contra el virus, sino contra quienes quisieran someternos.

La clave, como siempre, es estar, lo más que se pueda, en el momento presente.

La gran oportunidad que nos brinda el confinamiento es adoptar nuevos hábitos saludables en todos los aspectos, mediante una atención hacia nuestra salud y mediante prácticas de atención y contemplación. Así, entraremos en contacto con esa parte de nosotros sabia y serena, con ese espacio interior que nos conecta con el Todo. El regalo del virus es también, si sabemos aprovecharlo, aprender a volvernos autónomos dándonos a nosotros mismos lo que por lo general vamos a buscar, en vano y sin cesar, en el exterior. Es enseñarnos que el camino es hacia dentro, que el cuidado y el amor que seamos capaces de darles a los demás es directamente proporcional a los que podemos darnos a nosotros mismos, y surge naturalmente de estos últimos.

Celebro el que en este período hayan surgido tantas iniciativas de personas que ponen a disposición de los demás su experiencia, conocimientos y habilidades, brindando de manera gratuita clases de yoga, de danza, de canto, meditaciones, etc. de las que podemos disfrutar via internet, que está mostrando así su mejor rostro. Tales  iniciativas me llenan de alegría y de esperanza respecto al género humano.

Si has leído este artículo hasta el final encontrarás aquí el enlace de mi granito de arena, hacia una "Meditación desde la Sofrología"

https://soundcloud.com/user-457996863/meditacion-desde-la-sofrologiawav

¡Que la disfrutes!

 

 

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